Teo González. Departamento de Color

Strawberry Shortcake and Hidden Sapphire on Elderberry Wine, 2024 © Teo González

El proceso experimental que define la trayectoria de Teo González (Quinto –Zaragoza–, 1964. Reside
en Nueva York) se mantiene activo en sus últimas series: Departamento de pintura y Departamento de color.
Continuadoras de la exploración fenomenológica de la percepción, uno de los propósitos centrales
que centran el trabajo del artista con la gramática que define y singulariza sus obras –la geometría de
las gotas–, ambas series investigan nuevas posibilidades plásticas que interrogan cuestiones tales como
la diferenciación entre colores analógicos y digitales, la relación existente entre el color y el lenguaje,
o la paradoja resultante del uso de un sistema de producción fotomecánica en la creación de obras
únicas. Vuelve a quedar refrendado el interés de Teo González por actualizar con sus obras algunas
de las cuestiones que sobre el color han ocupado a artistas y teóricos a lo largo de la historia, con
especial atención a movimientos como el minimal o la abstracción pospictorialista en Estados Unidos.

El empleo de pinturas industriales de la compañía Benjamin Moore, fundada en Brooklyn en 1883, y
la decisión de titular las obras con el nombre de los colores combinados en cada una de ellas, es
común en las series Departamento de pintura y Departamento de color que se diferencian,
fundamentalmente, por el soporte utilizado: en la primera, lienzo y en la segunda, impresión digital.
Una distinción crucial, pues el empleo de la impresión digital supone alterar el orden de las diferentes
fases del proceso de creación habitual del artista: el fondo dicta ahora el resultado. Describir un
proceso tan complejo puede parecer fácil, sin embargo, como señala Teo González, la particularidad
de las obras de esta serie es detallar aquello que específicamente no son: ni pinturas, ni dibujos ni
obras gráficas, aunque haya pintura, dibujo e impresión. Añadir, además, una nota importante: todas
las obras de esta serie son únicas.

De 1990 son los primeros experimentos de Teo González con la geometría de las gotas. Era el
comienzo de un sistema de trabajo asentado en unos parámetros específicos que el artista fue
definiendo en el tiempo y cuya formulación primera culminó en torno al año 2000, tras un largo y
complejo proceso de investigación preñado de continuas correcciones y repeticiones que le
permitieron emprender nuevos caminos, siempre fértiles.

Consciente de la seducción que acompaña a la retórica de la velocidad como promesa que nos libera
de lo efímero de nuestra existencia, al decir de Mark Dery, Teo González comparte con Donna
Haraway la urgencia por sentir el paso del tiempo. De tal modo que la tensión que provoca esta
cuestión queda expresada en el tratamiento “postminimal” de sus obras, resueltas en la trama de una
cuadrícula vibrante, de ritmo simultáneo y repetido, que ocupa la totalidad de la superficie. Cada una
de las pequeñas celdillas de esa retícula es ocupada por minúsculas gotas de pintura que dan entrada
al azar, responsable de la quiebra de un patrón rígido, normalizado, metódico y repetitivo,
decididamente abierto ya a nuevas relaciones y conexiones. El modo en que se depositan las gotas de
pintura según el pulso de la mano del artista, o la distinta interacción de las gotas de aguada con las
de tinta o esmalte acrílico, y el tiempo de la acción, que discurre real e irrepetible, determinarán el
resultado final, diferente en cada obra. Cabe señalar que el conflicto suscitado entre el entramado
regular y expansivo de la red elástica y la presencia impredecible de las gotas provoca una vibración
óptica constante que altera la visión de quien se sitúa ante estas obras, invitándole a fijar la mirada a
media y corta distancia para así adentrarse en la emergencia de un orden que, mediante la repetición
de gestos, pugna por controlar, sin conseguirlo, el rumor de la incertidumbre de esta inmensa y
exultante cartografía de color.

La práctica y la experiencia se impondrían a las teorías que ya desde los discos de color conocidos en
los tiempos de Ptolomeo, en el siglo II d. C., proponían la búsqueda de la armonía. Si Cézanne aceptó
que el color en la pintura se comporta con leyes propias, Matisse avanzó en la independencia del
color. Respecto a cómo veían y utilizaban los artistas el color, David Batchelor en su libro Cromofobia
apunta, entre otras consideraciones, el desarrollo de la química del color que de ser resultado de un
proceso artesanal se convirtió en producto estandarizado. Fue en torno a la década de 1960 cuando
en los estudios de determinados pintores aparecieron botes de pinturas industriales junto a los tubos
de colores de artista. En las obras de sus últimas series Departamento de pintura y Departamento de color,
Teo González utiliza pintura industrial y con ello remite a una problemática sin resolver que afecta a
la especificidad de la pintura, además de evidenciar la distancia que separa el círculo cromático de
naturaleza analógica, con la extensa carta de colores digitales, planos y brillantes; e intensos, una
cualidad que continúa siendo motivo de experimentación.

El color escapa a reglas y cánones, insistió Albers. En opinión de la filósofa Jacqueline Lichtenstein,
el color es un placer que excede al discurso. Como la pasión, el placer del coloris se escabulle de la
determinación lingüística. Así lo evidencia Teo González en la realización y en los títulos de sus
últimas obras. [Chus Tudelilla]